Estaba en el mar de vacaciones
Después de la comida, mientras estaba sentada en el jardín del hotel mirando la calle y a todas las personas que paseaban, un hombre muy serio, andando, leía un periódico. Pero no se percató que había una farola y se la chocó.
Lo más divertido fue su asombro, eso me hizo reír mucho. Miró a su alrededor, por si alguien lo había visto, después cerró su periódico y siguió andando muy veloz.
La fiesta del año nuevo
La fiesta del año nuevo comienza a celebrarse el 31 de diciembre, (la Nochevieja) cuando a las doce de la noche termina el año viejo y empieza el nuevo.
Durante la Nochevieja las personas van con sus amigos a casa de otros amigos, o a un restaurante para compartir una rica comida. No hay platos especiales para esta fiesta, pero la mayoría come pescado.
Muchas familias que tienen chicos prefieren comer en su casa para evitar la confusión y el ruido de los locales públicos y para disfrutar de esta fiesta con más intimidad. Todos bailan y cantan para olvidar, por un momento, sus problemas y porque esperan que el nuevo año sea mejor que el pasado.
Sobre las doce, todos juntos cuentan los últimos diez segundos y a las doce en punto, se descorchan las botellas de vino espumoso, vuelan los corchos, todos se besan, se desean un feliz año nuevo. Después los cohetes, petardos iluminan la oscuridad de la noche y crepitan alegres como para desear felicidad a todos.
En mi pueblo no existe la tradición de hacer regalos, ni a los adultos ni a los niños, en algunos pueblos a media noche, la gente echa por la ventana las cosas viejas, símbolo de renovación.
Se baila haciendo el tren al ritmo de la samba hasta la madrugada. En las ciudades más grandes algunos cantantes hacen conciertos , en los cuales participan especialmente los jóvenes.
Casi todos se van a dormir por la mañana del 1 de enero cansados y alegres, porque están un poco ebrios, con la esperanza de comenzar un año mejor.
Recuerdos de mi infancia
Las fiestas se han escurrido con un subseguir frenético de encuentros, deseos, ricas comidas, pero dejándome una sensación de vacío, de soledad, de velada nostalgia…
La rutina de cada día me impide revivir momentos y situaciones, que ya no me suscitan los sentimientos de tiempos pasados...
Tenía cinco años. Una estufa a leña calentaba la pequeña cocina y a su alrededor toda mi familia se reunía después de la cena, en las largas noches invernales. El agua hervía en la estufa, creando arroyos de gotas pequeñas sobre los cristales fríos. Mi hermano que tenía pocos meses, dormía en una cesta de mimbre, mi tía bordaba en el telar, mi madre tricotaba, mi abuela remendaba ropas ya gastadas, mi abuelo construía escobas de sorgo, yo me acuchaba a uno u otro escuchando los discursos de los mayores, interpretándolos a mi manera.
-¡Atenta, Anna!, ¡escucha!... la campanilla de santa Lucía que pasa para ver si los niños han sido buenos... Después, enseguida a la cama…
Yo me precipitaba a la ventana, escrutaba en la oscuridad de la noche, sentía verdaderamente el sonido de aquella campanilla que se iba distanciando, poco a poco, engullida por la niebla.
A la mañana siguiente me parecía distinguir en la nieve las huellas de las ruedas y de las pezuñas del pollino.
Para la vigilia de santa Lucía había una verdadera ceremonia: se dejaba el pan y la hierba para el pollino, el pan para santa Lucía, los zapatos limpios debajo de la mesa, y luego a la cama, con la ansiedad de dormirse enseguida, así las horas parecían pasar más rápidas.
Al otro día, la maravilla, el estupor de los humildes regalos y de los dulces.
Dos días antes de la Navidad, mi padre preparaba el árbol (de Navidad): ponía un cerrojo a encandecer entre las brasas de la chimenea, con este hacía varios agujeros en un palo derecho y largo, alternándolos a la derecha y a la izquierda.
En ellos metía unas ramas pequeñas de pino recogidas en los jardines; las más pequeñas en la cima del árbol, y las más grandes, a medida que bajaba las iba poniendo. Una estrella desmochaba en cima del árbol, globos pintados balanceaban enganchados en las ramas, ángeles y pájaros salían como por arte de magia de una gran caja, relegada durante todo el año en el suelo; listas pintadas rodeaban el verde del pino, después, como por encanto, había un centelleo de luces. Yo asistía silenciosa ante la habilidad de mi padre que como un dios, de la nada creaba una obra maestra.
Durante el día iba con mi abuelo por fosos y muros viejos, para buscar el musgo más aterciopelado y más verde para hacer el belén.
Mágicamente, de un trozo de papel plateado surgía un arroyo, de una lluvia de harina una carretera, del musgo unos prados poblados de pastores y ovejas, de un trozo de madera la gruta con el buey y el pollino, la sagrada familla donde el niño Jesús aparecía a la media noche del 24 de diciembre.
Mi abuela me sentaba delante del gran tajo de la cocina y me hacía poner en fila los “anolini” y los ñoquis, ambos platos de la Nochebuena y la Navidad.
- ¡Aprende!, así cuando seas grande los harás tú misma.
Yo no quería leer la pequeña carta puesta debajo del plato de mi abuelo, porque me avergonzaba... ¡cuántas promesas y cuantos buenos propósitos! Terminaba siempre que mi madre leía la carta, después mi abuelo me daba la moneda.
Por la mañana de Navidad mi padre cantaba en el coro de la solemne misa, después iba con sus amigos al bar.
Los recuerdos son imágenes que se superponen en mi memoria.
Ahora soy más adulta, casi vieja… los sucesos de mi vida me han desilusionado un poco, pero en lo profundo de mi alma todavía está esa chica, que por un momento aflora y espera revivir la magia de aquellos momentos de su infancia.
Anna.
Sissa
(Curso Intermedio)

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